Alcalá Venceslada y la literatura infantil

2. CUENTOS DE MARICASTAÑA

(APÓLOGOS POPULARES RECOGIDOS POR ANTONIO ALCALÁ VENCESLADA) (1930)

No es ésta ocasión para analizar las fuentes que inspiran a Alcalá Venceslada a la hora de crear su obra. Lo que aquí interesa es que el autor se dedicó a la recopilación de apólogos populares con fines fundamentalmente literarios, es decir, no folclóricos ―o, si se quiere, científicos― insertando en ellos una enseñanza moral, provocando su aproximación al género apológico. Este uso del material popular con fines estrictamente literarios sigue la tónica que inició con De la solera fina (1925) y reaparecerá años más tarde en La flor de la canela (1946). Veamos dos testimonios de Alcalá Venceslada en relación con esta tendencia. El primero lo encontramos en su conferencia inédita «El Folklore en el Arte», donde escribe lo siguiente:

 

El que os dirige la palabra intentó y aun consiguió hacer un manojo de ellos [de cuentos], circunscribiéndose a los apólogos o sean [sic] aquellos en que intervienen los animales haciendo de personajes, cosa que ya hizo Aristófanes en sus famosas comedias, bien que siendo él creador de ellos en la fábula. […] Y puesto que la edición que del librillo hice fue reducidísima y la mayoría de los oyentes no lo conocerán, daré una muestra de él, advirtiendo que mi labor queda reducida a haberlos aderezado un tanto, y que el fondo es netamente popular (Alcalá Venceslada s.a.: [18-19]).

El «librillo» al que se refiere es, precisamente, Cuentos de Maricastaña, cuya tirada inicial fue de ciento diez ejemplares. El segundo testimonio aparece en el «Prologuillo» del libro:  He aquí una pequeña colección de apólogos, fruto de la minerva popular, que andaban desperdigados entre el vulgo y que he creído útil recoger, vistiéndolos con su traje propio (1930: vii).

Por tanto, Alcalá Venceslada seguirá dando ropaje literario a estas producciones del saber popular, lo que demuestra el inusitado amor que tenía por las producciones literarias populares, aunque sea una labor ajena a los fines estrictamente folclóricos, es decir, de estudio de lo popular con una metodología y rigurosidad determinadas.

El libro, constituido por once breves apólogos, está dirigido fundamentalmente a los niños. De hecho, el autor dedica la obra a sus hijos. A estos cuentos les confiere un propósito didáctico-moral, siguiendo la tradición apológica cuyos inicios residen en la misma antigüedad clásica. De ahí que en todos los apólogos aparezca la correspondiente moraleja. Por ejemplo, en el apólogo titulado «"¡¡ Soldados vienen…!!"», se castiga la vanidad y el orgullo de un pavo que desconfía de los consejos de su compañero el gallo, al ver la llegada de una tropa que viene a asaltar la granja en la que habitan, concluyendo que esta es la suerte de todos los orgullosos que desprecian a sus semejantes porque se creen superior a ellos (1930: 9).

 

O, por citar otro ejemplo, en «La zorra, viuda», se castiga la imprudencia de los zorros por pretender «acometer un asunto superior a sus fuerzas» (33). Al respecto, también hay que decir que Alcalá Venceslada, en una hoja manuscrita en la que da unas notas preparatorias del libro, pone los valores morales que representa cada uno de los apólogos contenidos en Cuentos de Maricastaña: la vanidad, la justicia, la argucia, la sensatez, la imprudencia, la humildad, el egoísmo, la sagacidad, la experiencia o la destreza. Al igual que en La buena simiente, aparecen animales como personajes (los gorriones, la zorra, las gallinas, el asno, etc.), e incluso hay numerosos elementos del saber popular que han sido estudiados por el folclore y que aparecen en los índices folclóricos de Thompson (1955) y Camarena -Chevalier (1995).

 

Cuentos de Maricastaña. Uno de los apólogos más populares: «Zorrica zorrera»

Veamos algunos ejemplos. Encontramos personificaciones de animales, tema constante y muy bien representado tanto en las literaturas cultas como populares de todos los tiempos y todas las culturas. De estas prosopopeyas, la zorra ocupa un lugar muy destacado: en el apólogo «"Zorrica zorrera…"», aparece como un animal astuto ―presente ya en Esopo; como animal que sale mal parado de sus acciones ―rasgo que aparece desde Arquíloco― se nos pinta en los apólogos «"¡Alcaraván comí…!"», «Una boda en el Cielo» y «La zorra, viuda». Además, esta personificación de los animales se enmarca en un tiempo en el que hablaban y se comportaban como los seres humanos. El diablo también aparece humanizado, en «El diablo y los borricos», tema que también es muy frecuente en las literaturas populares como en las cultas.

 

 

Asimismo, se encuentran otros temas folclóricos: el del hermano más pequeño como el más valioso, tema muy documentado en diferentes países, culturas y épocas, y que en Cuentos de Maricastaña aparece en el apólogo «Los cuatro cochinillos». En este también se encuentra el tema de la extracción del vientre de un animal feroz ―en este caso, el lobo― de los seres que se ha comido, tema también extendidísimo. Finalmente, en «La banda de las cien palomas», encontramos el tema del acertijo propuesto bajo promesa de gran recompensa en caso de que sea descifrado.

 

 

Esta profusión de elementos folclóricos de la literatura universal nos permite demostrar la prudencia que Alcalá Venceslada tuvo en no llamarlos apólogos andaluces. Como dice en el «Prologuillo»:
 
Aunque estos están cosechados en el campo andaluz […] no me atrevo a llamarlos netamente andaluces, pues tal vez andan todos o casi todos por los otros reinos tocados con la barretina catalana, la montera galaica o el pañuelo baturro (VII-VIII).

Más tarde veremos cómo esa suposición se confirma en muchos de estos apólogos. La falta de atrevimiento del autor nos permite señalar que Cuentos de Maricastaña difiere de otras obras suyas como La flor de la canela o la inédita Sucedió cierta vez… colección de veintidós chascarrillos en prosa. No existe la visión de Andalucía que aparece en los últimos títulos señalados, es decir, la Andalucía de la gracia y Sevilla su capital, la representación de esa gracia a través de su forma de hablar, la Andalucía de las fiestas, de los tipos pintorescos y demás estereotipos que conecta con la mentalidad de los costumbristas románticos del siglo XIX ―Mesonero Romanos y Estébanez Calderón― y, sobre todo, sus epígonos, cuyos textos aparecen en multitud de colecciones hasta llegar, finalmente, a esta centuria.

 

 

Por tanto, no vamos a encontrar en Cuentos de Maricastaña nada de lo denunciado: las fábulas están situadas en un espacio atemporal, lejano, «los tiempos de Maricastaña o de la cotonía» (1930: I), usando unas formas de expresión típicas de los inicios de este tipo de relatos, para aludir a tiempos remotos, acompañado de un uso preferente del pretérito imperfecto de indicativo. No obstante, hay una ocasión en que al autor se le escapan algunas de estas caracterizaciones de lo andaluz: exceptuando la ambientación cortijera de «"Zorrica zorrera…"» y la caracterización de los gitanos que aparece en «Escuela de gorriones», tenemos que en «El diablo y los borricos», apólogo ambientado en el antiguo Egipto, esta tierra es vista como propia de chalanes:

 

  

 ¡Chalanes en Egipto, que era la mapa de la chalanería! Como que de los egipcios descienden todos los gitanos ―o egipcianos― que ahora andan por el mundo (36).

Y así Kameloti, nombre parlante del «compadre […] hijo del famosísimo Ratimagón que fue el caporal de los cuatreros de Tebas» (36-37), engañó al diablo con sus mercaderías, a1 igual que engañan los gitanos de los costumbristas románticos y sus epígonos y, décadas más tarde, los de La flor de la canela y del inédito Sucedió cierta vez… Y si no, véase la caracterización, en aquella, de Remolacha, gitano que «miente, roba, pelea y se emborracha» (1946: [7], v. 5), y más adelante:

Miente, porque mentir es cosa llana en la hueste gitana; porque un gitano libre de mentira es como amante fiel que no suspira, es como un campanario sin campana ([7]-8, vv. 12-16).

Finalmente, y volviendo a «El diablo y los borricos», el diablo engaña, como debía ser, a unos payos de aquellos contornos. Por otro lado, no nos extraña que la única representación del habla popular andaluza que hay en Cuentos de Maricastaña corresponda a la de Kameloti. Estas representaciones del habla popular andaluza ―muy presentes, en cambio, en otros textos de Alcalá Venceslada― constituyen el intento por parte de los autores costumbristas de reflejar la gracia de sus personajes andaluces: lo andaluz se manifiesta gráficamente como un habla inexistente que sirve tan sólo para conferir gracia a los personajes, es decir, estas representaciones del habla popular andaluza cumplen una función meramente estereotipadora. Como dice Morillo-Velarde: Los rasgos dialectales que aparecen en este tipo de textos cumplen una función primordialmente literaria. Son, ante todo, un procedimiento de caracterizar personajes a través de su forma de hablar y apuntan no tanto hacia la plasmación de un sistema lingüístico de manera precisa, como al estereotipo que los posibles receptores tienen de tal sistema o modalidad lingüística. Y un estereotipo puede ser más o menos aproximado a su realidad, pero, ante todo, es «artificioso» (1989-90: 100).

Unidas a estas representaciones del habla popular andaluza aparecen numerosos vulgarismos comunes a todo el ámbito hispánico y, por tanto, no exclusivos del andaluz. En el texto de Cuentos de Maricastaña que refleja el habla de Karneloti encontramos deformaciones como improsunta «non plus ultra» (37) y los vulgares mu, encerraos, enfermaos, sío, toíto y mercé (40). Por otro lado, es corriente que en este tipo de representaciones vayan de la mano lo andaluz y lo caló. No es de extrañar, por tanto, que un gitano represente lo andaluz en su comportamiento y en su léxico. De ahí la presencia de gitanismos como jayares ‘dinero, fortuna, hacienda’ (37), y pasó ducas ‘pasó penas’ (38).

Ya en general, aparecen en Cuentos de Maricastaña términos y expresiones coloquiales: la mapa de ‘lo mejor de, lo sobresaliente en’, a espetaperro ‘súbitamente, con mucha precipitación’ (36), a tocateja ‘al contado’ (38), jollín ‘gresca, jolgorio’ (52), y los andalucismos mariquita ‘zorra’ (11), volunto ‘deseo vehemente’ (13), borruchos ‘burros jóvenes’ (37), catanear ‘engatusar’ (38), tábiros ‘escuálidos’ (40), y los conocidísimos cortijo (50), costilla ‘cepo’ (60) y liria (61), lo que demuestra que, aun siendo escasa la presencia de Andalucía en estos escritos, no deja de tener importancia el uso de andalucismos por parte del autor, aunque no estén caracterizados los cuentos como propiamente andaluces.

Finalizamos el estudio del léxico de Cuentos de Maricastaña haciendo alusión a la importancia de esta obra en tanto que demuestra que Alcalá Venceslada estaba ya preocupado por el léxico andaluz y su recogida, y cómo en la época de redacción del libro estaría plenamente metido en dicha labor de recolección, plasmada en la publicación de su primer Vocabulario andaluz (1934):

 Para esparcimiento de la niñez fueron acopiados […] estos cuentecillos fabulosos, aunque ello no quiere decir que los grandes dejen de leerlos; antes bien, su lectura les será muy conveniente no por provecho suyo, sino por el que puedan proporcionar a los niños propios o ajenos, explicándoles el sentido, tal o cual palabrilla oscura para ellos y la moraleja que, oculta o manifiesta, lleven, y apreciando, al fin y a la postre, ya que no la forma ―que esa como de mi pluma bien poco vale―, el fondo de esta rama del Folk-clore nuestro al que debiera prestarse más atención (1930: VIII-IX).

En otro orden de cosas, hemos de decir que los argumentos de algunos de los apólogos incluidos en Cuentos de Maricastaña se centran en la explicación que da título a los mismos. Así, se explica en «“¡¡Soldados vienen!!”» el dicho: «¡¡Soldados vienen!! ¡¡Déjalos que lleguen!!»; «“Alcaraván comí…”» explica el refrán «Alcaraván zancudo, para todos consejo y para ti ninguno», pues el animal daba a todos aviso sobre el peligro de la zorra, y luego fue a él precisamente a quien se comió. Y, asimismo, explica otro que es la base de la historia: «Alcaraván comí. A otro que no a mí», gracias a la treta de un alcaraván para escapar de la zorra . También encontramos la explicación de la canción que da título al apólogo «“Zorrica zorrera…”»:

―Zorrica zorreraharta de migas y bien caballera (56).

La zorra, después de engañar al lobo para comerse unas migas, es ayudada por este para escapar, montándola en su lomo .
 
Queda por decir de Cuentos de Maricastaña que Alcalá Venceslada tenía el propósito de hacer una segunda edición de la obra con nuevos cuentos . En el mismo «Prologuillo» hace mención de este hecho:
 
Confío en que todavía he de recoger unos cuantos más de la boca del vulgo y hasta en que algún lector amigo se tome la molestia de proporcionarme en esquema otros a los que daría desarrollo conveniente. Buenas serán las dos cosas para obra de más empeño que la presente [publicación] (1930: IX).

En nuestra investigación hemos podido descubrir que en la llamada Segunda serie de Cuentos de Maricastaña iban al menos once apólogos más. Para hacer esta Segunda serie, Alcalá Venceslada siguió basándose en refranes y expresiones de los que extrae la materia argumental. De entre los títulos que tenía apuntados en una libreta, destacan «La rana y la carreta», sobre el refrán «La erré ―dijo la rana―, y murió aplastada», con las variantes «quedó estrujada» o «despachurrada», que aparece en el refranero, ya citado, de Rodríguez Marín (1926: 238); «La zorra y la cabra», sobre el refrán «Lo que arrastra, honra»; o «Alcaraván zancudo, da consejo y para sí no tiene ninguno», que trataría literariamente el refrán del que ya hemos dado cuenta. Otros títulos aparecen en otros papeles de Alcalá Venceslada, de los que destacan «Mensajera de paz», apólogo que trata de una zorra que va al gallinero en son de paz, para engañar a las gallinas, pero no contó la zorra con los hombres y los perros que la seguían, por lo que tuvo que salir huyendo para que no la mataran; «¡No tanta luz…!», con la que va a explicar el origen del refrán: «Dijo la zorra al tiro: ―¡No tanta luz que me encandilo». En este cuento, la zorra, para comerse las uvas durante la noche, gritaba al cielo tormentoso y relampagueante: «―¡Alumbrar! ¡Alumbrar! ¡Más luz!». El dueño de la viña se dio cuenta y disparó a la zorra. Fue entonces cuando dijo: «―¡No tanta luz que me encandilo!». Y, finalmente, «Yo no tengo más que ocho…».